-A veces sueño cosas extrañas -le dijo mientras pasaba su mano encallecida por su temprana impronta de canas.
-¿Cosas extrañas? -susurró ella levantando la cabeza. La luz blanca del cuarto daba un aspecto atemporal a su rostro, bordeado de aquella larga cabellera violeta, como un río de luna impura dehaciendo un encantamiento de nieve y montaña y lobos de pelo hirsuto y estirpe real-. Extrañas...¿como qué?
-No sé -replicó irguiéndose sobre el catre pequeño y clavando la mirada en la pared desnuda como si fuera un horizonte esperando a kilómetros de distancia-. Sueño que veo una extensión infinita de color azul en movimiento, y algo parecido a un somier de madera cónvaco que surca sus ondulaciones, y tu y yo, y estamos fuera, y estamos solos, y vemos el cielo, de nuevo, ¿sabes?, por dios, el cielo... Y escucho música de nuevo, y bailamos y hacemos el amor bajo las estrellas y... no sé... cosas extrañas... -apartó los ojos de la pared y la observó con calma inquisitiva, escrutando si le había comprendido o no-. ¿Crees que estoy loco?
Ella le miro, sonriendo. Ella siempre le sonreía. A otros les habían asignado compañeras que sólo mantenían con ellos la cordial relación, siempre esterilizada de emociones y pasión, de la procreación. Pero ella siempre le sonreía, y le hablaba y le escuchaba. No podía comprender claramente aquella sensación por mucho que buscara. No había nada, ni en el más recóndito de los rincones de su cerebro cibernético, que pudiera explicarla, y eso le turbaba. Sabía lo que hacían con los defectuosos, los acusados de espionaje y sedición. Y sabía lo que hacían con sus compañeras.
Ella pudo leer el temblor de su rostro y, sin dejar de sonreír, apoyó su cabeza sobre su pecho y le susurró al oído.
-Si, me temo que lo estás. Completamente loco, chiflado, has perdido la cordura y la decencia -dijo sin un ápice de duda en su voz-, pero te contaré un secreto -y entonces le abrazó. Y cuando estuvo segura de que el latido de sus marcapasos se había sincronizado de nuevo, suspiró lenta y suave, como si cantase una melodía de cuanto todo estaba bien aún-: todos los grandes hombres lo están.
Y fuera, el murmullo de los guardias en el recinto se hizo lejano.
Y el se durmió en sus brazos.
Y soñó con ella.
Y con el mar, eso que para él no tenía ya nombre siquiera.
Y es que hay cosas que ni el tiempo ni el silencio ni la soledad ni la sumisión podrán jamás borrar del alma del ser humano.