No permitas que
estalle, atardeciendo el número
impreciso; no que se desplomen
los naufragios al desierto
como si fueran sal, la corona
de ennegrecerse y los vestidos más arriba,
de la última vez que no supiste
quien.
No habrá dos
para quien no comprendió el primero
y somos pocos - éramos pocos entonces
y el suicidio,
el diablo
y la bebida
se encargaron del resto- así que no,
no permitas que se lleven
las palabras, el alfabeto
que domestiqué al amarte,
nuestra metáfora de imperfección.
Mas alguna vez
has de enterrarte del mundo
y su crujido...
A vez alguna este
temblar de viento tras las puertas
y tú, y nadie
de mí ni de nosotros...
Que hasta el agua de los mares
ha de morir atravesada para
esta afirmación de ser
y ser humano
siempre, en forma, tiempo, la imagen
del devenir,
los días...
domingo, 11 de abril de 2010
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